Luiz Inácio Lula da Silva ganó el 25 de octubre su cuarto mandato presidencial. Lo hizo después de perder la primera vuelta frente a Flávio Bolsonaro y remontar una elección marcada por la polarización, la movilización digital y las acusaciones contra Meta por un posible trato desigual entre las campañas.
Lula obtuvo 51.79% de los votos frente a 48.21% de Bolsonaro. La diferencia superó los cuatro millones de sufragios. El resultado demuestra que ninguna plataforma decide por sí sola una elección pero sí influyen profundamente en ella.
La pregunta ahora es ¿cuánto poder tienen las plataformas digitales para determinar qué versión de un candidato llega primero al ciudadano?
La campaña que vigila al ciudadano
La IA permite analizar encuestas, procesar millones de conversaciones y probar diferentes versiones de un mensaje en cuestión de minutos. Utilizada correctamente puede mejorar la escucha y ayudar a identificar preocupaciones que una investigación tradicional tardaría semanas en detectar.
El problema comienza cuando las campañas confunden capacidad de cálculo con conocimiento verdadero o de territorio.
Una inteligencia artificial puede descubrir que determinado grupo reacciona ante la inseguridad pero no siempre puede distinguir si esa reacción nace de una experiencia directa, una percepción amplificada o una campaña organizada para instalar el tema.
Tampoco puede reemplazar al ciudadano. Los votantes artificiales y las simulaciones pueden generar hipótesis pero también reproducen los prejuicios contenidos en sus datos. Es decir la IA sirve para preparar una investigación pero no para sustituirla en su totalidad.
La hipersegmentación añade otro riesgo. Cada búsqueda, reacción o conversación puede utilizarse para producir una forma distinta de persuasión. La campaña deja de presentar un argumento público y comienza a enviar miles de mensajes privados diseñados para activar emociones específicas.
Aumenta la eficacia pero fragmenta el debate democrático. Distintos ciudadanos reciben promesas, amenazas y versiones del candidato que nunca llegan a contrastarse entre sí.
La Producción de contenidos
La IA permite generar textos, imágenes, videos, audios y canciones con mayor velocidad y menor costo. Una idea puede convertirse en cien versiones adaptadas para diferentes públicos y plataformas.
Esta aceleración alimenta lo que Antoni Gutiérrez-Rubí ha definido como turbopolítica: una conversación pública en la que se produce más contenido del que cualquier ciudadano puede procesar o verificar.
En Brasil circularon videos de Lula y Flávio Bolsonaro bailando, conversando o protagonizando escenas que nunca ocurrieron. Algunos eran piezas evidentes de humor. Otros mezclaban propaganda, entretenimiento y desinformación.
El canal de WhatsApp Tropa do Flávio superó los dos millones de integrantes. Después de una primera vuelta deficiente en el terreno digital surgió el Ejército de Lula, que reunió cerca de diez millones de personas en tres semanas. La campaña comprendió que ya no bastaba con publicar: necesitaba construir una estructura capaz de distribuir.
Las campañas tradicionales solo producen mensajes mientras las actuales intentan detonar contenidos que otros quieran transformar, compartir y apropiarse.
La IA agéntica llevará este proceso más lejos. Los nuevos sistemas podrán vigilar conversaciones, identificar oportunidades y producir respuestas con mayor autonomía. Esto puede mejorar la capacidad de reacción pero también inundar las redes con interacciones automatizadas que aparenten espontaneidad.
Las antiguas granjas de bots repetían consignas mientras las nuevas podrán conversar y simular personalidad.
Fabricar una realidad
Un deepfake puede hacer que un candidato parezca decir o hacer algo que nunca ocurrió. Un cheapfake necesita mucho menos: recortar una declaración, modificar su velocidad o eliminar el contexto para producir un significado falso.
Sin embargo, una falsificación no necesita convencer a todos para ser eficaz. Basta con reforzar una sospecha, movilizar a quienes ya quieren creerla u obligar al adversario a desperdiciar tiempo desmintiéndola.
Existe un riesgo adicional: cuando todo puede fabricarse también se vuelve posible negar lo verdadero. Un político captado en una conducta comprometedora puede afirmar que el video fue producido con inteligencia artificial.
La existencia de los deepfakes crea una coartada para desacreditar pruebas auténticas.
Estados Unidos llegará a sus elecciones intermedias del 3 de noviembre con este problema instalado. Reuters documentó que los contenidos sintéticos ya forman parte de las campañas y que los republicanos los han utilizado con mayor intensidad que los demócratas.
La regulación no ofrece una respuesta uniforme. Treinta y un estados han aprobado disposiciones sobre deepfakes electorales pero algunos los prohíben durante determinados periodos y otros solamente exigen identificarlos. Estados Unidos enfrentará una elección nacional con tecnologías globales y controles fragmentados.
La velocidad de circulación no equivale a la velocidad de verificación. Una mentira puede instalar una emoción en segundos y desmentirla puede tardar días.
Brasil y el poder de las plataformas
La campaña de Lula acusó a Meta de reducir el alcance de sus publicaciones, impedir que algunos contenidos pudieran compartirse y recomendar perfiles vinculados con Flávio Bolsonaro. También denunció que Meta AI rechazaba solicitudes relacionadas con Lula mientras aceptaba peticiones semejantes sobre su adversario.
No se ha probado que Meta actuara deliberadamente para favorecer a Bolsonaro.
Lo comprobable es que empleados de la compañía reconocieron que las cuentas de Lula habían sido afectadas por restricciones técnicas. Meta aceptó la existencia de problemas pero negó cualquier interferencia política. El Tribunal Superior Electoral ordenó a la empresa no limitar injustificadamente el alcance de los contenidos y exigió que Meta AI tratara de manera igualitaria a ambos candidatos.
Una falla técnica no es lo mismo que una operación política. Pero para una campaña el efecto puede ser semejante: perder alcance durante los días decisivos de una elección.
Las plataformas administran la nueva plaza pública. Deciden qué se recomienda, qué se restringe, qué se monetiza y qué desaparece.
Cuando una empresa controla la cancha, parte del reglamento y el acceso al público deja de ser solamente una empresa tecnológica. Se convierte en un actor del sistema electoral.
Estados Unidos: la industria que financia a sus reguladores
Las elecciones estadounidenses añadirán otra dimensión.
Las compañías tecnológicas no solamente proporcionan herramientas para las campañas. También invierten para influir en la composición del Congreso que deberá regularlas.
Reuters documentó que las empresas estadounidenses habían destinado 517 millones de dólares a las elecciones legislativas de 2026 durante los 15 meses previos al cierre del primer trimestre. Al menos 294 millones provenían conjuntamente de los sectores tecnológico, de criptomonedas y apuestas digitales.
No todo ese dinero procede de compañías de inteligencia artificial. Lo relevante es el modelo que se fortalece ahora con nuevos jugadores: Industrias con enormes recursos intentan elegir legisladores favorables a sus intereses y derrotar a quienes promueven controles más estrictos.
La IA será al mismo tiempo herramienta de campaña, asunto electoral y grupo de presión.
Los candidatos la utilizarán para estudiar votantes, producir publicidad y atacar a sus adversarios. Las empresas financiarán campañas. Los ciudadanos elegirán al Congreso y ese Congreso decidirá posteriormente las reglas aplicables a las mismas empresas que intervinieron en la elección.
La responsabilidad no puede automatizarse
La IA no creó la polarización, el miedo, los prejuicios o el hartazgo. Los encontró en nuestros datos y aprendió a reproducirlos. La novedad es que ahora puede convertirlos en millones de mensajes a una velocidad que ninguna estructura humana podría igualar.
El desafío democrático no consiste en construir elecciones sin inteligencia artificial ya que eso ya no es posible.
Consiste en saber quién la utiliza, con qué información, bajo qué reglas y quién responde cuando altera la competencia.
La IA no deposita una boleta en la urna. Pero ya puede decodificar al votante, fabricar la imagen del candidato, controlar parte de la distribución y sugerir qué debemos creer.
No elige formalmente a nuestros gobernantes.
Pero cada vez participa más en la construcción de la realidad con la que nosotros sí los elegimos.
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