Sí, parece difícil de creer pero es cierto: El canciller de Costa Rica acudió a una reunión internacional convocada por Donald Trump sin informar a su presidenta.
La historia terminó con su despido, pero el verdadero caso político comienza antes: ¿cómo puede un subordinado apropiarse de un espacio reservado a la jefa del Estado sin que nadie se entere?
El 22 de septiembre, Manuel Tovar asistió a una reunión de alto nivel de Shield of the Americas, la coalición impulsada por Trump para enfrentar a los cárteles y al crimen organizado. Laura Fernández, presidenta de Costa Rica y jefa directa del canciller, no fue informada.
No se trataba de una recepción diplomática o de una reunión técnica. La convocatoria reunía a presidentes y altos funcionarios alrededor de una iniciativa encabezada por Estados Unidos.
Según la Presidencia costarricense, la participación de Tovar impidió que Fernández acudiera al encuentro y provocó un “daño de carácter estratégico”.
Dos días después, la presidenta destituyó al canciller y nombró como sustituta interina a Indiana Trejos, titular de Comercio Exterior. La sanción fue inmediata, pero concentrarse únicamente en el despido reduce la dimensión del episodio.
Lo verdaderamente grave ocurrió cuando Tovar decidió asistir.
Quien ocupa la silla representa a su país
En política exterior, el nivel de representación nunca es un detalle protocolario. Comunica la importancia que un gobierno concede a un encuentro y define quién aparece como interlocutor autorizado ante otros líderes.
Quien ocupa la silla recibe información, acceso, visibilidad y reconocimiento. Quien aparece en la fotografía queda asociado con las decisiones y prioridades discutidas. Por eso una convocatoria presidencial no puede ser administrada como una actividad ordinaria del gabinete.
Un ministro representa al gobierno, pero no puede decidir por sí mismo cuándo sustituye a la presidenta. Menos aún cuando su participación elimina la posibilidad de que ella ocupe ese lugar.
La ausencia de Fernández resultaba especialmente contradictoria porque la seguridad es una de las prioridades de su administración. Costa Rica considera a Shield of the Americas un espacio fundamental para combatir el narcotráfico y el crimen organizado. Mientras otros mandatarios presentaban personalmente sus posiciones, el país estuvo representado por un funcionario que asistió sin conocimiento de su propia presidenta.
Tovar no solamente viajó a una reunión, tomó una decisión sobre quién debía aparecer como la voz política de Costa Rica.
Dos explicaciones y ninguna tranquiliza
El episodio admite dos posibles lecturas.
La primera es que Tovar consideró que podía apropiarse de la representación presidencial y aprovechar los reflectores de una reunión con Trump. Bajo esta hipótesis, el canciller no habría cometido una simple omisión: habría pasado deliberadamente por encima de Fernández para ocupar un espacio de visibilidad internacional.
La segunda es que no existió esa intención y Tovar actuó dentro de un gobierno tan descoordinado que una convocatoria de nivel presidencial pudo recibirse, gestionarse y ejecutarse sin que la mandataria se enterara.
No existe evidencia pública suficiente para determinar cuál de las dos ocurrió. Lo comprobable es que Tovar asistió, Fernández no fue informada y Costa Rica perdió la posibilidad de ser representada por su propia presidenta.
Si hubo una maniobra personal, falló la autoridad pero si solamente hubo desorden, falló el gobierno.
La pregunta, por tanto, no desaparece con la destitución: ¿en verdad una presidenta no se entera de que uno de sus principales colaboradores acudirá a una reunión encabezada por Donald Trump en representación de su país?
El despido castigó al funcionario pero no resuelve la falla
Fernández hizo lo que correspondía al retirar del cargo a un canciller que había roto la coordinación con la Presidencia. También acertó al explicar la sanción mediante una consecuencia institucional concreta y no como una vaga “pérdida de confianza”.
Sin embargo, despedir a Tovar únicamente resolvió el problema visible.
Todavía falta explicar cómo circulan las invitaciones internacionales dentro del gobierno, quién determina el nivel de representación y qué autorizaciones necesita un ministro antes de ocupar un espacio presidencial. Si ningún funcionario detectó o detuvo la decisión, la responsabilidad no termina en la oficina del excanciller.
Como diseñador estratégico de comunicación para líderes de alto nivel, encuentro aquí una lección que trasciende a Costa Rica: controlar la agenda no consiste solamente en organizar horarios. Significa proteger las decisiones, los accesos y los espacios en los que se hace visible la autoridad.
Una presidencia necesita saber qué invitaciones llegan, quién propone responderlas, con qué nivel estará representado el país y quién autoriza la decisión final. Cuando esos controles dependen únicamente del criterio de un colaborador, la autoridad presidencial queda expuesta.
Laura Fernández recuperó el mando con la destitución. Ahora necesita demostrar que también recuperó el control del gobierno. De lo contrario, habrá castigado al hombre que ocupó su lugar sin corregir el sistema que le permitió hacerlo.
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